La batalla entre el mundo racional y la emotividad ha estado presente en nuestras cabezas siempre, y así seguirá pasando. No es de extrañar que a lo largo de nuestro desarrollo individual, nos enfrentamos a dilemas en las que estas dos fuerzas se enfrentan reduciéndonos en muchos casos a simples animales confundidos. Este fenómeno fácilmente lo podemos extrapolar del espacio individual a los grupos pequeños de personas, al ámbito de las parejas, hasta llegar a las organizaciones y naciones. En todos sus facetas el resultado es el mismo, una serie de ideas, argumentos y emociones difíciles de ordenar, que aparentemente no encajan o que incluso se contraponen.
En una jugarreta más de nuestro sentido común, pensamos que este conflicto disminuye o por lo menos se modera, en función de la educación, experiencia y madurez del sujeto que lo ejerce, pero para desgracia, existen innumerables ejemplos de que eso no es así, no son pocas las ocasiones en las que no damos crédito ante la sorpresa de ver que alguien a quien consideramos capaz, solvente y templado, termina en un tobogán de malas decisiones y peores resultados.
En recientes fechas se ha dado por diversificar a la inteligencia, ese término que en principio es difícil de definir pero del que creemos todos tener un entendimiento más o menos claro de lo que es. Así han surgido la inteligencias múltiples, inteligencia lingüística, lógico – matemática, espacial, musical, cinestésica, emocional, etc, podemos encontrar más tipos en virtud de la fuente que consultemos, pero, ¿esto nos ayuda a comprender o distinguir las reacciones que tenemos? o mejor aun y particularmente ¿esto nos ayuda a resolver el dilema que aquí planteamos?. A mi me parece que no del todo pero lo que sí queda claro es lo contrario, esto es, no porque tengamos desarrollada una habilidad en alguna de estas clases de inteligencia, implica que seamos capaces de desempeñarnos de igual forma en diversos ámbitos de la experiencia humana.
Este es el caso del protagonista de la película «Hombre irracional», el cual en una primer lectura nos parece un hombre inteligente y experimentado, consagrado a la filosofía y la docencia, con una trayectoria muy distinguida incluso entre sus pares, que si bien tiene recuerdos muy desafortunados y tristes que le hacen perder el sentido de la propia existencia en su mundo personal, se maneja con facilidad en el mundo académico mostrando gusto, pasión y entendimiento por su quehacer.
En este punto es oportuno mencionar también a la coprotagonista, una estudiante de la misma universidad que se matricula en la clase del profesor con un interés que en principio parece estar sólo relacionado a la fama y conocida trayectoria del profesor, pero que rápidamente incorpora un interés personal, afectivo y hasta erótico respecto al profesor. En la explicación de esta atracción que la estudiante muestra por el profesor confluyen muchos elementos propios y no poco comunes de la relación entre profesor y alumnos, considerando todas las combinaciones de género y preferencia conocidos y por conocer, pero que en este caso, se aderezan con el aburrimiento y linealidad de la relación que la estudiante tiene con su novio, un joven que podría parecer un buen partido a los ojos de la realidad social y familiar de la chica, pero que no despierta en ella ninguna pasión o arrebato propio de la edad y frenesí de la joven.
Es así que en este escenario, se encuentran los dos, profesor y alumna, los cuales rápidamente van recorriendo un camino de reconocimiento mutuo, de incremento de la confianza y de confesión sobre su mundo interior, ese mundo en el que ambos no encuentran motivación ni sentido pero donde cada uno encuentra formas diferentes salir.
Por su parte la alumna, ve en la relación con el profesor una esperanza para llenar su vida de emoción por la intelectualidad que ambos comparten pero también de enamoramiento y deseo que se traduce en vitalidad y valentía para incluso romper con su novio y socializar su nueva relación con sus padres y la comunidad que los rodea.
Desde la óptica del profesor, la cercanía con la joven le ofrece algunas satisfacciones pero por sí, no logra sacarlo de su desinterés y depresión por el sentido de las cosas, incluso no se muestra muy interesado afectivamente por la joven lo cual desentona con la habitual inclinación que un hombre mayor podría tener en su situación por una joven atractiva y con tantos atributos intelectuales tan interesantes. Es así como aun en esta situación con la joven, el profesor aún no logra motivación ni sentido por la vida.
La película nos muestra otros personajes que comparten una vida que se sobrelleva sin mucho sobresalto entre el trabajo, el matrimonio y las reuniones de la comunidad, pero que en el fondo parecen necesitados de un aliciente que rompa con esa monotonía y le ponga sal a la propia existencia.
Es claro que si despreciamos las peculiaridades de todos los personajes y nos quedamos con el fondo, todos se encuentran en esta dualidad existencial que me lleva a cuestionarme, ¿no es esta sensación en sí una constante en varios pasajes de nuestra propia existencia?, dudo que el lector no recuerde algún momento de su vida en el que las cosas no tenían mucho sentido y poco o nada parecía merecer el enfuerzo para seguir adelante, creo que es habitual esa sensación y contrario a verlo sólo como una etapa negativa, me parece que en muchos casos resulta ser un estadio de introspección y reacomodo que nos permite refundar el entusiasmo en algo que nos conduce a una etapa más vital y feliz.
Una vez colocado el tablero, podemos regresar a nuestra premisa inicial sobre la razón y la emocionalidad dirigiéndonos al dilema final que plantea la película.
Para este momento, el profesor se ha integrado a la universidad, establece una relación de amasiato con una profesora, convive con mucha frecuencia con la alumna con la que termina en la cama, – más por insistencia e interés de ella que por el mismo -, pero nada, aun nada, lo hace escapar de su hastío y falta de motivación. Es en una de las varias salidas con la alumna, particularmente en un desayuno o comida en un tradicional «diner» que escuchan la conversación de la mesa contigua la cual se centra en la injusticia que una mujer ha experimentado por el desempeño de un juez respecto a un caso de custodia, la mujer se siente tan desesperanzada por el actuar del juez que desea su muerte, específicamente desea que le de cáncer.
Es entonces cuando el profesor tiene una idea que le regresa el sentido de su vida, en una suerte de epifanía decide matar al juez el mismo y vengar a la mujer, piensa que él al no estar relacionada en nada con el juez, sería el último sospechoso del asesinato y a partir de ahí inicia la elaboración de su plan.
El propio diseño y desarrollo del plan para matar al juez lo llena de energía y esperanza, es cierto, en ello ha encontrado lo necesario para que su vida recobre sentido, pero en el camino vemos a un hombre otrora reflejo de inteligencia, control y experiencia ahora convertido en un torpe ejecutante de un plan que a la postre lo delataría, mostrando lo incapaz que fue por un lado de controlar su impulso vengador y por otra la impericia de ejercer el asesinato.
En balde la razón, o en palabras de mi madre, «Lástima de escuela».
¿Inteligencia racional contra inteligencia emocional?, ¿cómo podemos entender los actos del profesor?, es el propio dilema moral que se plantea entre el asesinato del juez y lo éticamente reprobable que resulta cualquier asesinato una manifestación más de la razón contra las emociones, y como es que la alumna, al descubrir los hechos no duda en dejar la relación con el profesor y pedirle que se entregue, ¿es porque para ella es más fácil decidir al no ser el sujeto de la pena? o ¿es que quien mostró durante toda la película más emotividad, pasión y sensibilidad al final fue la más racional?, ¿cómo los roles pueden rápidamente intercambiarse no?
Pues finalmente el profesor termina en una espiral de malar decisiones, una mentira la trata de tapar con otra y cuando no ve salida, decide continuar por la ruta que inició y de la que difícilmente saldrá, intenta asesinar a la alumna sin éxito. De nuevo esta historia nos muestra lo paradójico que a veces resulta nuestro proceder. Nuestra habilidad, destreza y conocimiento respecto a una diciplina, finalmente no nos aleja de ser profundamente humanos y en esa naturaleza conviven muchas emociones, necesidades, deseos que muchas veces son dirigidas por la razón, pero al final, las pasiones dominan.


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