El vaquero de Marlboro era un hijo de la…

Recomendación: Acompaña este texto con el tema The magnificent Seven de Elmer Bernstein que pongo a tu disposición abajo del último párrafo.

He de admitir que la relectura de la novela El asesino dentro de mí de Jim Thompson me dio una nueva perspectiva sobre la importancia de esta obra literaria, no sólo dentro de los cánones de la novela negra norteamericana, sino también como obra clásica contemporánea.

Thompson cual arquero olímpico dio en el blanco con su novela, y con este atrevimiento no demerito las obras noir que la antecedieron; simplemente que su diatriba ataca lo más amado de su cultura: El arquetipo del cowboy. Arquetipo que ha sido ensalzado por los mass media y cuyo sumo pontífice descansa en los hombros de John Wayne.

Thompson desmitifica y deconstruye este personaje encarnado en su protagonista Lou Ford. Él no es simplemente el sheriff de Central City, a mi entender es la representación de la nación de las barras y las estrellas. Nación que tanto ha aportado a la humanidad en diferentes ámbitos, pero que al mismo tiempo supura una enfermedad que infecta no sólo a nuestro protagonista sino también a todo un pueblo cansado de más de lo mismo (racismo, consumismo, drogas, corrupción etc.) Olvídense de la imagen romantizada del cowboy recto y valiente que no teme enfrentarse a sus enemigos en una larga calzada polvorienta mientras una planta rodadora anuncia el preámbulo de un acto de heroísmo puro. Dentro de este universo curiosamente familiar al nuestro. El “héroe” enfundado en su impecable y bien planchado uniforme, coronado majestuosamente con su sombrero stetson no tarda un ápice en mostrarnos su vileza, cobardía, perfidia y violencia hacia los más débiles.

Y hablando de violencia pongo gustosamente el dedo en la llaga. Y es que no es de extrañar que el título de la obra en cuestión aluda a múltiples interpretaciones; el asesinato no solamente es ejercido por parte del psicópata protagonista a terceros, también la novela apunta al asesinato canalizado hacia uno mismo mediante el suicidio (cortesía de nuestro amado sheriff Bob Maples) y lo más escandaloso de este asunto, es el concepto de “psicópata funcional” representado en el frio y calculador empresario Chester Conway. Que, para mí, dicho concepto llanamente nos habla de un psicópata que no se le ha podido demostrar sus homicidios y sigue impune gracias al poder, influencias y prestigio que goza en la sociedad. Que al inicio de la obra sale a relucir esta cuestión al enterarnos como el hermano de Lou fue borrado del mapa en un “supuesto accidente” en una obra en construcción propiedad de la Conway Construction Company. ¿Cómo demostrar o castigar dichos crímenes cuando los comete una compañía sin rostro? El espectro de asesinos en esta novela es múltiple y variado.

En cuanto al idílico paisaje del sur norteamericano que se nos presenta con esas fachadas impolutas y con sus porches que invitan a la somnolencia. La metáfora de la manzana podrida está más que clara, aplicado también a múltiples personajes. A pesar de toda la riqueza cultural y su “noble” origen europeo que conlleva una educación estrictamente puritana, todos estos atributos no han sido capaces de inmunizar a su sociedad de esa inclinación hacia la maldad y autoritarismo que tan bien se les da.

Ejemplos sobran, pero enfatizo dos en especial, cuando Helen la sirvienta se atreve a iniciar a un niño psicópata hacia los» «inocentes» juegos del sexo. Gatillo que detona los posteriores asesinatos cometidos por Lou a sus amantes. Sin olvidar el racismo y brutalidad (cortesía de la casa) vertidos en el joven Johnnie Pappas cuyo origen griego le granjea la prisión y que lo usen subsiguientemente como chivo expiatorio.

Para concluir diré que el retrato que hace Thompson hacia estas figuras que su cultura idealiza y pedestaliza hasta convertirlas en iconos POP, es como todo lamentable y una clara señal de la descomposición social y cultural que actualmente vivimos, fenómeno no sólo exclusivo de nuestro vecino del norte.

Recordemos como Lou es un ávido lector en diferentes idiomas, así como poseedor de un gran entendimiento en matemáticas, inteligencia que no escapa a los ojos vigilantes del sheriff Maples que lo incita a retomar sus estudios en medicina (asunto que su padre alentó en su momento sin resultados). Esta escena es crucial porque el autor nos hace reflexionar sobre estas personalidades enfermas y carismáticas. No importa que tan inteligentes sean, su energía esta puesta al servicio de la estupidez y la mediocridad. Cerrazón perenne hacia si mismos y hacia el prójimo. Acelerando y contribuyendo a su manera no al progreso, pero si al deterioro y putrefacción de esa manzana festonada con barras y estrellas que hace mucho tiempo cayó del árbol del conocimiento.