Reunión bajo las estrellas
Lo sobrenatural es el elemento natural que todavía no entendemos
Elbert Hubbard
La escena se presentaba como una bella postal de típico pueblo rural mexicano; una anciana haciendo las veces de madre sustituta y otras tomando el rol de folklorista improvisada, distraía con sus historias añejas a tres jóvenes irreverentes que la cercaban en medio de un crepitante fuego a mitad de una calle empedrada. Leo, Cáncer y la Osa mayor entre otras constelaciones fungían como testigos mudos ante aquellas narraciones que subían al firmamento al calor de las llamas de la fogata.

De los tres asistentes cuya edad no pasaba los veinte años, uno era el nieto de Ermelinda. Los otros dos eran amigos de la facultad de ingeniería. Aceptaron la invitación de Osvaldo para pasar la semana santa en aquel apartado municipio boscoso del Estado de México. Llamado Amanalco de Becerra.
Naturalmente los cuentos de la anciana ya no surtían el efecto emocional que antaño era la fuente de innumerables alegrías y si la situación se tornaba sobrenatural, la fuente también de innumerables estados de vigilia; con sus respectivas vejigas adoloridas que difícilmente buscarían alivio en un baño situado al otro lado de un patio desolado a mitad de una noche encapotada.
El trio juvenil que paulatinamente retiraba su atención de aquella cansada mujer, prefería el debate sobre temas más relacionados a su acontecer inmediato. Este recorrido partía de las torneadas piernas de Karla (única alumna de la facultad de ingeniería) hasta los diferentes retos que imponía la materia de Análisis de Sistemas Físicos.
Ermelinda era la moradora por decirlo de alguna forma de un mundo más primitivo, simple y porque no decirlo más educado. Un mundo donde la televisión o cualquier artilugio tecnológico se presentaba a sus ojos como auténticas manifestaciones del mal.
Irritada por la falta de interés de aquel impertinente trio, no tardo un ápice en hacer sentir su potencia pulmonar.
-¡Van a ponerme atención, Por una chingada! – exclamó la vieja, al tiempo que emitía pequeñas gotitas de saliva.
La palabrota surtió el efecto deseado, los jóvenes no podían creer que tal expresión se arrellanara entre aquellas encías desdentadas. Osvaldo tratando de calmar las aguas se atrevió a decir.
-Abuelita no te lo tomes personal, pero Octavio, Alex y yo tenemos mejores cosas en las que pensar.
-Por ejemplo – se aventuró a decir la anciana.
-Pues, en como perpetuar el goce carnal aplicando nuestros conocimientos en termodinámica – expresó el joven muy orgulloso de su ingenio.
Ermelinda como buena provinciana y defensora de las buenas costumbres no entendió el menor significado del vocablo termodinámica, pero al escuchar la palabra goce que le pareció obscenamente acompañada de la palabra carnal, inmediatamente pensó que en el propio lenguaje se practicaba el más prosaico de los coitos.
-Ustedes los jóvenes sólo piensan en como ayuntarse – suspiró y continuó – Van a las mejores escuelas, pero son simples bestias.
Una estridente risa surgió de aquellas gargantas maceradas a base de continuos baños de cerveza.
-Señora, ahora si logró que mojara mis pantalones – dijo Alex.
-Si, no puedo parar de reír – remató Octavio.
-Pues no pasará mucho para que su risa se torne en el grito más escalofriante que alguna vez haya emitido boca alguna – sentenció Ermelinda.
Osvaldo, Alex y Octavio haciendo un esfuerzo extraordinario para no seguir insuflando la ira de la octogenaria guardaron silencio muy a su pesar.
– La historia que a continuación les va a helar la sangre se llama: La gallina con sus pollitos – Ermelinda pronunció esta oración entrecerrando los parpados y sacando provecho a sus deterioradas cuerdas vocales para darle ese aire a ultratumba que antaño perturbó a más de uno.
Al escuchar semejante desatino aderezado con el diminutivo que le confería al título un cariz por lo demás estúpido; las risas no tardaron otra vez en fluir y opacar el recital de los innumerables grillos desperdigados en torno al fuego.
Ermelinda sin duda alguna incrementó su colección de surcos en su ajado rostro aquella humillante noche, mientras fruncia más el ceño a marchas forzadas. Pero haciendo caso omiso de las mofas prosiguió.
Cuento de la gallina con sus pollitos
En una noche que era más negra que el mismísimo ónice y más fría que la tierra húmeda de un camposanto, una comerciante de hongos gachupines que tardó mucho en vender el último artículo de su cesta se perdió en el intrincado laberinto que ofrecía el Cerro de las Garzas. Abrumada por perder el camino principal se sentó al pie de un viejo pino e imploró al cielo.
-¡Ayúdame señor a llegar sana y salva a mi humilde hogar en Corral de Piedra!
Generalmente como suele suceder en estos casos desesperados la divinidad aludida es propensa a ser sordomuda y dejó a la pobre mujer sin la más mínima esperanza de respuesta. Hasta que un suave y aterciopelado cacareo irrumpió en la apretada obscuridad. ¡Co,Co,Co,Co,Co,Co!
La mujer con los ojos perlados de lágrimas alzó la vista con el corazón henchido de alegría al pensar que era la respuesta proveniente del cielo. Pero que contrariedad se llevó la nativa al ver una gallina con sus respectivos pollitos desfilar frente a ella en despreocupada marcha militar al son del croar de las ranas. En un santiamén la pequeña comitiva desapareció sin explicación alguna, dejando a la comerciante sola en mitad de la noche, con su cordura pendiendo de un hilo.
A la mañana siguiente un grupo de leñadores encontró a la mujer balbuceando incoherencias en medio del bosque, y con la mirada fija y vidriosa en un punto fijo de la hojarasca. Cuentan los entendidos en estos temas que el mismísimo Lucifer haciendo uso de su amplio guardarropa se presentó con su piel más aviar ante aquella mujer, la más devota de su comunidad, para apartarla del camino de los justos.
Algunos locales se atreven a decir que Cayetana, (porque ese era su nombre cristiano), murió degollada a manos de su comadre Luchita, que al visitarla en su humilde morada una tarde soleada la encontró comportándose cual gallina y por si fuera poco alimentándose de los intestinos de sus cuatro hijos, confundiendo las vísceras de los niños con las lombrices de tierra. Al contemplar tal atrocidad hacia sus pobres ahijados, Luchita no se la pensó dos veces y agarrando un cuchillo de cocina que estaba a la mano hundió su argenta hoja en la sueve carne de la garganta de Cayetana.
El marido al llegar a casa en ese preciso instante y encontrar semejante cuadro, no tardó en asociar a su comadre como la autora de dicho crimen y en un arranque de ira la mato a quemarropa vaciando su revolver colt sobre su rostro, para posteriormente privarse de la vida volándose la tapa de los sesos.
Otros más imaginativos comentan que su destino fue otro, asegurando que Cayetana después de su encuentro con el diablo-gallina, éste la reclutó en sus huestes infernales, adjudicándole el poder de eclosionar las calvas cabezas de hombres inclinados a la devoción cristiana. Teniendo la orden de allá abajo, de infiltrarse desnuda a la medianoche en la celda de monjes franciscanos inconscientes, para posteriormente sentarse sobre sus cabezas, empollando las mismas cual huevos recién puestos.
Cuenta la leyenda que miembros de esa antigua orden afirman que en una homilía cualquiera, una docena de religiosos alopécicos les explotó el cráneo cuando estaban dispuestos a leer las sagradas escrituras, haciendo un reguero de sangre y vísceras por doquier; los declarantes que sobrevivieron a aquella misa infernal y cuya vida se la deben más a su abundante melena que a la fe que prodigaban afirman que sendos pollitos del tamaño de un melón salieron de aquellas testas piadosas, piando y salpicando plasma por doquier, al menos eso es lo que se cuenta…

Ermelinda al acabar el cuento se le vino encima un tsunami de carcajadas que arrastraron con el orgullo y con la poca credibilidad que hasta ese momento gozaba la señora. Dejando a la apergaminada fémina desilusionada, no por la brecha generacional sino por el abismo que separaba el antes del después. Y sin un ápice de remordimiento sentenció al trio presente.
-Acuérdense que sus mofas no me han faltado al respeto a mí, sino al mismísimo ángel caído que irá por cada uno de ustedes esta misma noche antes que cante el gallo. ¡Muchachos insolentes! – la ira fluía a borbotones de la boca de Ermelinda y parecía que en cualquier momento brotarían nuevas piezas dentales.
Para tener la fiesta en paz, los chavos se despidieron afectuosamente de la ancianita no sin antes agradecerle el buen rato que les hizo pasar con sus ocurrencias. Osvaldo besando atronadoramente la mejilla marchita de su abue dijo:
-Abuelita, si te sirve de consuelo nadie nos había hecho reir tanto, ni siquiera el Guama…
Girando sobre sus talones, Ermelinda dejó con la palabra en la boca a su nieto y se fue en dirección de la bocacalle rumbo a su casa en compañía de agrios pensamientos.
Momentos después los amigos se desearon las buenas noches en el patio de la casona de adobe que conectaba con múltiples cuartos (propiedad de la madre de Osvaldo). Cada uno acompaño su despedida de un cacareo efusivo que fue las delicias y la cereza del pastel de la velada.
Esa noche Osvaldo tuvo una pesadilla que no olvidaría hasta el fin de sus días. La escena onírica transcurría en la habitación de su amigo Octavio. Este pernoctaba con su usual hilillo de baba que recordaba el serpenteante cauce del río Danubio, sigilosamente una extraña entidad se posó sobre el cuerpo aletargado del durmiente, obligándolo a abrir sus pesados parpados y estirar el brazo para alcanzar su linterna de bolsillo que descansaba sobre el buró apolillado.
Al alumbrar a aquel impertinente ser, Octavio más malhumorado que espantado se encontró sobre su pecho a una gallina que lo miraba fijamente a los ojos. Irritado a mas no poder insultó de todas las formas habidas y por haber al conchudo animal. A los pocos segundos de aquella perorata la cabeza de la gallina se desprendió de su cuerpo dejando al pobre muchacho estupefacto y boquiabierto. Pero lo peor estaba por comenzar.
Del cuello de aquella entidad creció una especie de cuerpo tumefacto y bulboso que a los pocos segundos adquirió la forma de un pollo desplumado que extrañamente se conectaba con el primer ejemplar. Del orificio anal salían unas mandíbulas babeantes y punzantes que despedían un hedor a muerte. En un parpadeo aquella abominación arrancó de cuajo la cabeza del universitario, de cuyo cuello emanó sangre a borbotones dejando la almohada con un humante vapor a hierro. A los pocos minutos de la masacre el animal puso seis huevos que no tardaron en eclosionar sus respectivos pollitos.

Mientras tanto descansaba un gato negro sobre el regazo de Osvaldo, el felino leía ávidamente a la luz de una vela roja un libro llamado Ecuaciones Diferenciales. A él parecía complacerlo la actitud del minino que a intervalos pedía consejo sobre tal o cual fórmula a su amo. La escena académica fue interrumpida, pues el chirrido de la puerta anunció un visitante que a todas luces no se veía por ningún lado. Procedente del piso, a un costado de la cama, seis pollitos cuyas cabezas estaban rematadas por dos orejas un par de ojos, una nariz y una boca se dirigieron al melenudo joven. Este se sorprendió al descubrir que la voz de uno de los pollos era idéntica a la de Octavio.
Sin tiempo que perder el animal advirtió.
-Osvaldo, la gallina está encabronada y no descansará hasta vengarse de todos nosotros. Mira cómo me dejó la hija de la chingada, corre mientras todavía tengas piernas…

Esta exclamación ominosa despertó automáticamente al aspirante a ingeniero en electricidad y electrónica. Al recuperar la conciencia se sorprendió al encontrarse solo y sin rastro del felino matemático, sin tiempo que perder se dirigió con pasos torpes al cuarto de su amigo Octavio cuya puerta no tuvo que tocar pues esta se encontraba entreabierta. Sintiendo un escalofrío que recorría su espina dorsal estiro su temblorosa mano hacia el cuerpo inerte cubierto por la colcha y sujetando la misma con firmeza la retiró en un movimiento brusco. Osvaldo no daba crédito al espectáculo que la luz de la luna le ofrecía.
Continuará…

