No hay una sola llorona, su variedad es tan vasta como las razones de su dolor, y cada río es su paño de lágrimas que nutre constantemente su cause.
O.A.C
Dos hermanas, un plan
Una discusión acalorada emergía de la vetusta cocina de adobe, inclusive tan acalorada era esta charla que en intensidad competía con el fogón rústico echo a base de piedra.
Las interlocutoras eran las hermanas Hermelinda y Luz, la primera casada y con media docena de niños desperdigados por las diferentes estancias de la vieja casona, por otra parte la segunda hermana, era la eterna solterona de pueblo cuyo principal pasatiempo era dar consejos matrimoniales, aunque no supiera un ápice respecto al tema.
Luchita ayudaba a su atareada hermana menor a preparar el platillo favorito de su esposo (pierna de pavo con mole), el respetable señor Venceslao; con gran destreza manual la mujer degollaba al guajolote mientras un chisguete sangre caliente se vertía humeante sobre el fregadero. Al ver la facilidad conque su hermana privaba de la vida al musculoso animal se animó a decir.
-Luz, estoy impresionada, se diría que tienes el toque asesino de un salteador de caminos, como los que se dejan ver allá por rumbo a San Mateo.
-Una señorita como yo tiene que estar preparada para todo malandrín cuyas intenciones no sean nobles – exclamó Luchita mientras una vena como gusano de maguey casi reventaba su sudorosa frente-.Si puedo con los tlacuaches del tejado yo solita, ¿Qué me harían los cerdos de este pueblo y los de los pueblos colindantes?
-En eso tienes razón Luz- Hermelinda sintió un repentino respeto por el brío de su hermana- mi madre no pareó ninguna taruga.
Luchita que tenía una intuición más afilada que el machete de don Vences para detectar los problemas de pareja y no tanto como para resolverlos, sin más dilación le preguntó a su hermana.
-Ahora, ¿Cuál fue el motivo de la trifulca?
-Lo dices por el guiso, a ti no puedo engañarte- suspiró Hermelinda.
Con lujo de detalle Hermelinda le contó a su hermana como últimamente Vences le había entrado un gusto excesivo por el alcohol y las viejas. Razón por la cual quería enmendar ese mal comportamiento a base de sus platillos favoritos y si las circunstancias lo ameritaban con una dotación extra de chilpayates no planeados. Luz como buena catadora de chismes frescos, tales declaraciones no sólo le endulzaron el oído externo, sino también el tímpano, el martillo y hasta el yunque fue deleitado con tales noticias acarameladas como el piloncillo. Pero fiel a más no poder a dar consejos malos (como era su costumbre) se explayó y reprendió a su hermana.
-Hermelinda no te ofendas, pero estas bien pendeja- Luchita más roja que una nieve de zarzamora gritó cual puerco en matadero- ¡Los hombres necesitan mano dura y corregirlos a base de viandas y mocosos no va a resolver el problema de raíz. Lo que necesita tu marido es un susto de muerte que le haga valorar otra vez a su mujercita y los chamacos que de esa unión surgieron!
-¿Y cómo se hace eso Luz?- dijo un poco escéptica Hermelinda.
-Fácil, organizando una cita a tu marido con nada más y nada menos que con la “Llorona”- Luchita alzaba el mentón al decir su plan maestro y por primera vez en muchos años el bello facial que tachonaba esa zona le daba un aire de autoridad moral, que en los trecientos sesenta y cuatro días del año restantes brillaba por su ausencia.
-Y me dices a mi pendeja Luz- Hermelinda se atrevió a decir esto por lo bajo.
-Haré como que no escuche, ¡hermana ingrata!
Y sin reparo alguno Luz le explicó con lujo detalle a su hermana, como el marido de Lupe “La Rana” (su vecina de al lado), fue curado milagrosamente de ser un promiscuo borrachín a ser el marido más ejemplar del pueblo. Todo por tratar de hacerle la corte a una hermosa joven vestida de blanco que se lamentaba al margen del río Chico a la medianoche. El hombre en cuestión al tomar a la chica por el talle y acercarse descaradamente al rostro de la muchacha para besarla, se encontró con una tremenda sorpresa que fue revelada gracias a la luz del plenilunio, sus rayos plateados le ofrecieron una inmunda cabeza equina que remplazaba la nívea beldad de la joven que de puro placer relinchaba al posar sus inmensos labios babeantes sobre la boca del beodo, que ni tardo ni perezoso salió corriendo en dirección a su casa en completo estado de sobriedad. Sobriedad y templanza que ya nunca lo abandonaron hasta el último día de su vida, convirtiéndolo en todo un ejemplo de rehabilitación para las generaciones venideras de Amanalquenses propensos a empinar el codo.
Luz preguntó a su hermana si estaba al tanto sobre alguna reunión próxima a celebrarse donde su marido forzosamente tuviera que asistir. Hermelinda comentó que dado los últimos acontecimientos relacionados con sus vicios, estaba resuelta a prohibirle cualquier bacanal encuentro con la amenaza de irse y dejarle al cuidado de los críos. Luchita preguntó donde se llevaría a cabo tal desorden masculino, a lo que su hermana respondió.
– En Agua Bendita.
Inmediatamente los ojos de la hermana mayor chisporrotearon un brillo nunca antes visto y consideró que la providencia estaba acomodando las piezas para que el malagradecido cónyuge recibiera su merecido, debido a que forzosamente tendría que entrar por la calle llamada Avenida Becerra que se sitúa al norte del pueblo y atraviesa obligatoriamente el río Chico, donde su encuentro con la entidad sobrenatural sería inevitable.
Luz prohibió encarecidamente a Hermelinda obstaculizar tal celebración e inclusive le dio estrictas ordenes de alentarlo para que regresara tarde de aquella orgía.
Si los astros se alineaban y la virgen de la Concepción estaba dadivosa en materia de milagros, esa noche de frio invierno Venceslao recibiría tal escarmiento que nunca más en su vida saciaría su sed y apetito en botella o mujer alguna.
-Afortunadamente Vences es el hombre más incrédulo de todo el municipio- parloteó Luchita como hablando para si misma.
-Tengo miedo de que las cosas no salgan como las planeamos Luz- el gimoteo de Hermelinda no conmovió a la maliciosa hermana que se frotaba las manos y sacaba la punta de la lengua cual bruja frente a su caldero.
Una semana después de aquella plática, al fondo de la calle 5 de Mayo, el sol de mediodía tostaba a un hombre que preparaba diligentemente sus alforjas con innumerables fuentes de alegría y placer: licores de zarza, menta y membrillo se acomodaban aprovechando concienzudamente el más mínimo rincón de las bolsas, además del licor, un itacate se hacía espacio a empujones e incluía una porción generosa de carne de puerco con chile, acompañado de medio kilo de doradas y bien formadas tortillas, sin olvidar los dulces típicos de la región como jamoncillos e higos con miel de azúcar. Mientras empacaba todos estos artículos al tiempo que dispensaba una que otra caricia a la crin de Resuello, el caballo movía su cola como para indicar el límite del peso que estaba dispuesto a cargar. Hermelinda con las manos juntas hechas un ovillo veía a su marido dispuesto a partir en dirección al pecado.
-Esos bribones de tus amigotes que nunca se acomiden a llevar ni un solo capulín a sus reuniones.
-Guillermo, Jesús y Danilo hacen lo que pueden y me ayudan con otras cosas vieja- Vences trató con este débil argumento de disculpar a sus camaradas que sin lugar a dudas cooperaban pero con otro tipo de materia, que incluía: el típico pulque, cigarros Faros y una buena remesa de amiguitas de cascos ligeros (al igual que sus clientes)
Y así jinete y caballo se fueron en dirección noreste rumbo a Agua Bendita, a intervalos el don miraba sobre su hombro y levantaba su mano derecha, con este parco gesto se despedía de su esposa que lo miraba pensativamente afuera del umbral de la casa. Y mientras Resuello marcaba la marcha como un metrónomo, Vences se preguntaba el porque del repentino cambio de su pareja y sobre todo la súbita tolerancia que mostraba sobre sus juergas y su estado inconveniente al meterse en la cama. Y alzando los hombros y torciendo su boca dijo.
-Ni hablar ¡Qué se le puede hacer!

continuará…

