La serenata
Tiempo después de aquella nefasta experiencia con la llorona, el señor Vences en lugar de convertirse en un esposo modelo incremento su ingesta de alcohol y trataba por este medio de olvidar tan horrible experiencia que lo atormentaba día y noche. El pulque y el mezcal corrían a raudales en su boca que casi se desbordaban a causa de las cantidades exorbitantes de estas substancias. En lo referente a su promiscuidad con las féminas, este vicio desapareció por completo y un escalofrió de muerte recorría su cuerpo cuando estaba cerca de alguna mujer joven y hermosa. Incluso renuncio categóricamente a intimar con Hermelinda, y para mantenerse alejado lo máximo posible de ella inventaba absurdos pretextos que herían en lo más hondo a su mujer, haciéndola sentir poco agraciada y espantosa a los ojos de su marido.
Llevo a tal extremo su fobia, que se mudó a un inmundo cuartucho situado al fondo de la casona para estar lo más distanciado de su esposa y sus hijos. Por consiguiente su actividad laboral también sufrió una baja en rendimiento, que se reflejó directamente en sus ingresos, como escribano oficial del pueblo rara vez se presentaba a trabajar, dejando a una clientela estupefacta que no recordaba inasistencia alguna por su parte. Y el dinero extra que ganaba en la venta del pulque se esfumo también, al tomarse todas las reservas de este elixir con ahínco y devoción. Su rostro ojeroso y demacrado recorría las calles del pueblo generando desconfianza en los transeúntes que se lo encontraban, y su mirada antes vivaz y afectuosa sólo reflejaba un pozo negro de horror y sufrimiento.
Los días dieron paso a las semanas y Hermelinda para sacar adelante a la familia tuvo que vender algunas gallinas y trabajar doble turno en la venta de sus dulces típicos en la plaza del pueblo. Enfurecida con su hermana y más consigo misma al dejarse arrastrar por tan estúpido plan no le quedó de otra que rezar fervientemente todos los días en el Templo de San Jerónimo.
Pero Vences se equivocaba si pensaba que nunca más vería a tal espantajo, porque su vida ya estaba enlazada con aquella ánima que después de aquella noche, remplazó los berridos por los suspiros de amor más acaramelados que oído humano o de bestia pudieran escuchar.
Esto capítulo sucedió una noche igual de helada que la anterior, Vences al no poder tolerar la imagen de Hermelinda; salió despavorido de su casa y tomo el último camión que lo llevo hasta el linde de Villa Victoria muy al norte de Amanalco. Con una patada bien puesta en las nalgas el chofer lo bajó a regañadientes del vehículo. Y en medio del bosque Venceslao se sintió aliviado, ya que un aire gélido despejó su mente llena de demonios, hasta que un sonido de cascos y un relinchar familiar hicieron que dirigiera su mirada en dirección sur.
Lo que tenia delante de sus ojos era nada menos que a su querido amigo Resuello que había escapado semanas atrás de su amo al contemplar a la llorona. Con una repentina ternura Vences estiró su mano derecha y emitió sonidos chasqueantes con la lengua para atraer al caballo. Este retiro la mirada de su antiguo amo y se encamino indiferente y sutilmente hacia un pueblo fantasma llamado El Potrero. Que en otro tiempos vio mejores épocas de abundancia comercial y cultural, ya que su lienzo charro era las delicias de locales y foráneos.
Repentinamente Vences estaba solo y a la mitad de una calle descuidada que presentaba a los ojos del extranjero un panorama desolador, la mala hierba crecía espesa y ponzoñosa por todos los recovecos de las ruinas de lo que alguna vez fueron casas señoriales de estilo colonial. Las ráfagas de viento barrían las piedrecitas y guijarros asemejándose a los gemidos de moribundos que esperan la extremaunción, recorriendo cada una de las arterias yermas como animas del purgatorio de lo que alguna vez fueron calles bulliciosas y alegres. Y lo búhos cual coro infernal acompañaban al vendaval haciendo que este incrementara su rugido sobrenatural. Resuello ya no se veía por ninguna parte.
Súbitamente el relinchar del caballo se dejó oír en lo alto de un balcón que se sostenía de milagro bajo sus débiles cimientos. Sin esperar un segundo más Vences subió por la destartalada escalera y no pudiendo encontrar a su amigo se sentó en el frio piso de cantera rosa, apoyando su espalda en la pared empezó inmediatamente a beber el poco mezcal que le quedaba a su odre de piel de cabra. Mientras escurría el licor por las comisuras de sus labios, Vences escuchó un dulce rascar de cuerdas que empezó a serpentear a través las avenidas y callejuelas del abandonado pueblo. La melodía de una melancolía más allá del entendimiento terrenal subió hasta el balcón y ahí envolvió en toda su gloria al ebrio amanalquense que empezó a distinguir una armoniosa voz de mujer.
Lamento a medianoche
Del ayer sólo quedan cenizas
Del amor que me prodigabas también
Estiro mis manos para asir el pasado
Y encontrar de nuevo tu querer
Un beso, una caricia, alimentos del corazón
Pero la hiel de tu abandono me nutre con decoro
Y del vacío que acompañan mis días
Tortuosos pasillos me dan la bienvenida
El tiempo no atiende ruegos
Porque no ha amado con desvelo
Y esta noche con soltura digo al viento
Lleva mi mensaje antes del último desencuentro
¿Alguna vez habité tus recuerdos?
A esa añoranza me apego
Pero lo único que me queda
Es la ingenua esperanza que nace de mi ignorancia
La invisibilidad fue parte de mi vida
Excepto cuando nos encontramos aquel día
Pero ser inexistente a tu mirar
Parte mi alma una vez más
Una mortaja de gusanos es mi único abrazo
Y el frio sepulcro mi eterno refugio
Ahora mi sombra me hace la corte
Pero yo solo soy fiel al que me hirió en lo mas hondo de mi ser
La ofuscada mente de Vences trató de recordar aquella canción que se le hacía familiar (el interprete Ernesto Barajas se volvió muy popular al cantar esa composición en la película “Intercambio de miradas” junto con su coestrella Esther Fernández allá por el lejano año 1946); pero volviendo en si, se asomó nerviosamente por el balcón y al restregarse los ojos, se quedó paralizado al ver al ánima que al no conformarse con su simple presencia, estiró las piernas que se asemejaban más a los cuartos traseros de un equino y extendiendo su cabeza avejentada (que recordaba más a la bolsa de avena de un caballo) le robó un beso al hombre. Inmediatamente por lo intempestivo de la acción, este se hizo hacia atrás rodando estrepitosamente por las escaleras.

Y al recobrar su equilibrio, sus piernas actuaron por voluntad propia lanzándolo raudamente por la espesura del bosque más cercano. Pero pisándole los talones a escaso metro y medio la llorona corría a zancadas guitarra en mano repitiendo una y otra vez su triste canción. Gracias a la suerte, Vences no pudo distinguir una madriguera abandonada de coyote a ras de suelo y puesto que la misma estaba cubierta por maleza, desapareció literalmente al ser tragado por la tierra.
Al cobijo de la obscuridad y de la densidad de la vegetación, la llorona perdió esa noche otra vez a la causa de su desasosiego. Y soltando un gemido que desteñía el color más vivo de un ave del paraíso desapareció en un ¡chist!. A la mañana siguiente un rayo de sol acarició el sucio rostro de Venceslao. Al frotarse la cabeza y salir penosamente de aquel escondrijo dirigió sus pasos rumbo a Amanalco, y al poco tiempo se encontró a un conocido que le dio un aventón en su flaco jamelgo (echo que provocó que castañetearan los dientes de Vences) el jornalero al verlo tan inquieto le preguntó:
-¿Te encuentras bien Venceslao?, parece como si hubieras visto al muerto.
Vences no contestó, su ensimismamiento le cerraba la boca como una bóveda de alta seguridad, y al compas del rebote del lomo del animal pensaba que Hermelinda no era tan desdeñable después de todo. Un desagradable resabio a alfalfa y avena lo acompaño todo el trayecto en dirección a Amanalco.
continuará…

