Lienzo Charro
De lo que alguna vez fue Venceslao sólo quedaba un remedo de hombre. Toda su apariencia era lamentable, y Hermelinda lloraba en los rincones de la casa lejos de la curiosidad de sus hijos, y cuando la sorprendían sollozando se excusaba culpando al innumerable hollín del fogón como la causa de sus lágrimas. Todavía receloso a dormir con su mujer, Vences rara vez le dirigía la palabra a su esposa, y se veía obligado a hacerlo en las pocas ocasiones donde tenia que hacer un mandado a alguna comunidad cercana a Amanalco. Esta vez Valle de Bravo era el destino donde se dirigirían sus pasos, y esperando al camión guajolotero en la parada de la calle Becerril, una plática coloquial llamó su atención, porque estaba relacionada al acoso sobrenatural que sufría. A su lado una anciana reprendía a su nieto adolescente y trataba de contarle una supuesta historia verídica que revestía de moraleja.
-Me he enterado por tu madre que estas jugando con los sentimientos de la hija de Hugo Pineda, la tierna Yunuen.
-No es cierto Abuelita, son puros chismes, lo juro por el niño Dios.
Un diligente coscorrón aterrizó sobre la cabeza del joven Bonifacio, espolvoreando las falanges de la antigua con las caspa del hediondo nieto.
-No te atrevas a mencionar el nombre de nuestro señor en vano, ¡¿me oyes?!, o aquí enfrente de todos los pasajeros te voy a dar una zurra tal que no te permitirá cagar como la gente decente en dos semanas- ;la viejita acarició su escapulario mientras sujetaba con firmeza la oreja derecha del joven- Presta oídos a esta historia, que te podría pasar a ti, de como la llorona se instaló en lo que alguna vez fue el tranquilo cauce del Río Chico.
Al subir al camión Vences se pegó a la abuela y al nieto, e inclinando su cabeza en el asiento posterior no permitió que palabra alguna se escapara a sus atentos oídos.
– Hace mucho tiempo en el pueblo que alguna vez fue El Potrero vivió una hermosa mujer de piel blanca como la porcelana y pelo rubio como el trigo recién segado… – Un bostezo inapropiado interrumpió a la viejita que inmediatamente suprimió con sus fuertes nudillos pétreos el inoportuno desacato- Me vuelves a interrumpir y te amarro una serpiente de cascabel al pájaro-…como decía esta ninfa de villorrio era el premio mayor de aquella localidad y todos los hombres de los alrededores y de mucho más lejos querían desposarla y convertirla en la madre de sus hijos. Pero el atractivo de los ceméntales amanalquenses es difícil de resistir y un galán surgido de nuestra cantera fue el feliz afortunado. Ambos se conocieron en el lienzo charro que celebraba el aniversario de la fundación de El potrero. Emiliano, nuestro digno representante participó en el magno evento, haciendo toda clase de cabriolas con su fiel compañero Hermes y con el lazo derribó a los becerros más testarudos de los alrededores. La multitud enloquecía al ver sus proezas en materia de charrería y las mujeres le entregaban su corazón. Pero el sólo tenia ojos para Brenda la hija del hacendado más rico de todos los municipios del estado. A los pocos meses y debido en parte a su carisma obtuvo la mano de la codiciada flor, y juntos se mudaron a una hermosa residencia en Amanalco(regalo del padre), pero no paso mucho tiempo para que la tempestad azotara a la feliz pareja. Un amargo día, Emiliano conoció las apuestas en las carreras de caballos. El vicio al juego absorbió todo su tiempo, perdía más de lo que ganaba y para colmo, en los días donde tenia una muy mala racha descargaba su furia en su bella flor, arrebatándole la belleza poco a poco a causa de los innumerables cardenales que le dejaba en todo el rostro congestionado. Una noche Brenda recostada en la cama y al estirar su brazo no encontró el cuerpo de su esposo. Y con una resolución que no era propia de su temperamento decidió encarar a su pareja sobre su vicio al juego, sabiendo que se buscaba no sólo una tunda sino posiblemente la muerte. Al salir a la fría noche encontró luz en las caballerizas y a hurtadillas se asomo al interior del establo. La nausea no describe la desilusión que experimentó Brenda, pues su marido en un estado lamentable de embriaguez besaba y acariciaba a Hermes dedicándole los más dulces halagos y mimos. Afirmando con convicción que lo amaba más a él que a su compañera de vida y acto seguido lo besó prolongadamente en su morro quitando solícitamente la bolsa de avena. Brenda en un arranque de celos enfermizos esperó en las sombras a que su marido saliera del establo a regar con agua de riñón una esquina retirada de las caballerizas. Ya a solas con el caballo lo maldijo y escupió sobre él innumerables veces, a lo que el animal apenas y se inmutó, la historia se repetía, al igual que su madre, ahora era ella la que tenia que lidiar con un marido golpeador y adúltero y por si fuera poco remplazada por una bestia domesticada. Inopinadamente una idea atroz cruzó su dorada cabeza. Tomaría una unidad de dinamita y la colocaría en la bolsa del alimento del corcel. Y siguiendo su plan al pie de la letra, encendió el explosivo en una lámpara de petróleo colgada de un poste cercano al animal, la deslizó al interior de la bolsa del alimento de su competencia. Salió corriendo de la caballeriza y Emiliano para su sorpresa al topársela le espetó.
-¡Brenda que haces fuera de la ca…
En ese preciso instante una explosión desato el infierno en la caballeriza, Emiliano salió volando por los aires unos metros atrás, y tirado de bruces levanto la cara en dirección a la humareda proveniente del interior del establo. Rápidamente se incorporó y miró el lamentable espectáculo. Hermes yacía desplomado de costado, sólo era reconocible la parte posterior de su cuerpo y donde una vez descansaba un hermoso cuello con una regia cabeza equina, sólo quedó una amorfa masa chamuscada con hueso y carne humeante por doquier. Un potrillo y una soberbia yegua también de la raza Akhal-Teke compartían junto con Hermes el viaje sin retorno al más allá. Lagrimas hirvientes se desprendían de unos ojos rojos como ascuas y una boca apretada rechinaba sus dientes, sacando chispas mientras gritaba a la noche inclemente.
-¡Brenda eres mujer muerta!
Como el relámpago Emiliano corrió tras su esposa en dirección este, atravesando la carretera para luego retomar la calle conocida como Av. Becerra, que no le ofrecía obstáculo alguno con su empedrada superficie, debido a que la ira y el coraje le brindaban a sus pasos la agilidad de un puma. Alcanzó a Brenda a la altura del Río Chico y al poco tiempo empezaron a forcejear, y antes de que fueran consientes los dos rodaron hacia la orilla de su cause. El hombre quedando encima de su mujer empezó a apretar su delicado cuello, ella desesperada y roja por la asfixia, trataba por todos los medios de aflojar las manos de Emiliano que parecían dos tenazas de hierro templado. Inmóvil el cuerpo y con los cabellos lánguidos flotando en dirección a la corriente, Emiliano se levanto como hipnotizado, no creía la atroz acción que acababa de realizar y mirando a su alrededor, vio algunas luces prenderse en las casas vecinas, enjugándose el sudor frio que caía como nieve a deshielo corrió despavorido por una calle solitaria perdiéndose en la penumbra de aquella garganta sin fin. Nunca más se le volvió a ver por los alrededores. Brenda a los pocas horas fue encontrada muerta, y a pesar de que su semblante persistía en mostrar la belleza que la caracterizaba, sus ojos sin vida te regresaban el terror que le arrebató la existencia junto con unas horribles marcas que delataban al asesino.
La hermosa Brenda fue enterrada con su vestido favorito, y su familia al poco tiempo abandonó el Potrero, llevándose consigo no sólo el dolor de perder a su única hija, sino también el capital junto con los inversores que inyectaban dinero al pueblo. Este a los pocos años se convirtió en pueblo fantasma.
¡Pero la historia continua!, el Sr. Zenaido Vilchis propietario de la tienda de abarrotes “La cueva de Ali-Baba”, ¿Te has de acordar Bonifacio? Me dijo que al visitar a su primo hermano en la Castañeda, cinco años después aproximadamente del asesinato de Brenda. Se enteró por su pariente hospitalizado en el instituto, que un paciente recién llegado del Estado de México residía en una celda acolchada y aislada, situada en el ala oeste del centro psiquiátrico, todo el personal lo conocía como el paciente E. Y se caracterizaba por los fuertes gritos que hacían vibrar la puerta de su celda e inundaban al complejo de una atmosfera de pesadilla, implorando a enfermeros y doctores que lo mataran, porque el alma sin descanso de su esposa fallecida siempre lo atormentaba todas las noches, y que el preámbulo a esos hostigamientos era precedido por el sonido de cascos de caballo -Al voltear la señora su cabeza, buscando la mirada que suponía atónita de su nieto al escuchar tan fantástica historia, lo único con lo que se topó fue a este distrayéndose, al contemplar a través de la ventana del camión como las vacas eyectaban sendos mojones por todos los pastizales del campo- ¡No tienes remedio Bonifacio, tengo un animal por nieto!
Venceslao reflexionó cada palabra emitida por la señora, y después de hacer sus compras llegó a la conclusión de que sus especulaciones tendrían un mejor término si acompañaba a estas con una buena botella de tequila. Y sin más dilación entró a la cantina más próxima. Las horas pasaron y Vences fue lanzado a la calle en pésimo estado, en virtud del cierre del local. Caminó incansablemente por el centro histórico y el jardín central de Valle, pero al doblar la esquina de la calle 16 de septiembre salió frente al lienzo charro de El Potrero. Incrédulo caminó al centro del ruedo y lo más impresionante de toda la experiencia fueron los aplausos atronadores que provenían de las gradas. Estas no iban dirigidas a él, sino a la escaramuza charra que iba a iniciar. Brenda vestida con un elegante vestido de adelita se detuvo detrás de él y preguntó.
-¿Me amas?-Su voz dulce acompañada de un aliento gélido paralizo a Vences, que con mucho trabajo volteó a mirarla- Espero tu respuesta amor mío- Dijo impaciente.
Pero la única respuesta de la víctima de la llorona fue un contundente. ¡Déjame en paz engendro del averno!
La algarabía de las gradas cesó repentinamente y todos los espectadores desaparecieron, al igual que el angelical semblante de Brenda que prontamente adquirió las marcas de la vejez. Vences acelerando el paso siguió su camino sin apenas voltear a verla. La llorona prontamente desenrollo su lazo y espoleando a Hermes enlazó al primer intento al pobre amanalquense por los pies, que fue derribado con una fuerza descomunal y arrastrado por toda la arena. Una risa demoniaca brotaba a borbotones de la boca de la aparecida, en tanto Venceslao gemía de dolor al sentir su carne ceder ante la fricción de las piedrecillas del ruedo. Antes de expeler su último aliento Vences levanto la cabeza para mirar por última vez a aquella mujer que no fue correspondida en vida y mucho menos en muerte. Pero se arrepintió a los pocos segundos de haber tomado este fallo, porque una mirada monstruosa se clavaba en él, escudriñando hasta el último átomo de su cuerpo, y lo peor de todo era como la cabeza de la anciana sustituía las nalgas del caballo y de su descomunal boca abierta salía el lazo que lo remolcaba por el sendero de la muerte. Venceslao Argüello Enríquez no vivió para ver el nuevo amanecer.

El día del funeral una lluvia maliciosa acompañada de una gélida brisa recibió a los pocos parientes que se animaron a acompañar a la viuda. Los niños que se habían quedado en la casa al cuidado de su tía Luz en virtud del clima, lloraban por el retorno de su madre. Al llegar Hermelinda estos corrieron y se prendaron a las piernas de su mamá. Luchita tímidamente le dijo a su hermana.
-Si hay algo más que pueda hacer por ti, sólo dilo- la culpa escoltaba cada una de las palabras pronunciadas y el remordimiento la obligaba a bajar la mirada- Con toda confian…
Hermelinda interrumpiendo a su hermana con la mano y con voz firme dictaminó.
-Ya has echo suficiente Luz, y en lo que a mi concierne ya no tengo hermana.
Hermelinda giro sobre sus talones y se fue con sus hijos en dirección a la cocina para darles de comer, sólo la pequeña Carmela volteó para agitar su manita a la tía Luchita. Esta quedando sola en medio del pasillo empezó a derramar gruesas lágrimas y limpiándose con su manga el rostro salió por la puerta de entrada. Apenas caminó por la calle, su rostro se endureció, y del vecino que la saludo inmediatamente al reconocerla, ella no se dignó ni tan siquiera a voltear a verlo. Pero por dentro un mar embravecido de emociones la azotaba en cada uno de los rincones de su alma, por lo cual dirigió sus pasos a la casa de su comadre Cayetana en Corral de Piedra, que seguramente palabras de aliento y compresión no le faltarían para consolar a una mujer cuyo único delito fue ayudar desinteresadamente a la sangre de su sangre.
Las nubes se abrieron mostrando un astro radiante, y al calor de sus rayos Luchita alzó la mirada, sintiéndose repentinamente reconfortada, y observando el horizonte repleto de bandadas de golondrinas que le anunciaban al batir de sus alas un nuevo comienzo, dirigió su andar hacia su nuevo destino.
continuará…

