Epílogo
El asesino se escurrió subrepticiamente de la batea de una Pick-up que se detuvo brevemente junto a la calle Av. Becerra. Era medianoche y la neblina cubriría su pista. Pero lo más importante era el hecho de que la policía de Valle junto con la de caminos no se adentrarían a buscarlo en ese pueblo casi abandonado y presa del crimen organizado, (por algo era llamado Amanalco un pueblo con “encanto”). A pesar de haber crecido en su juventud en sus calles, ya no reconocía muchas de las casas que se arracimaban unas sobre otras, pese a que algunas de ellas conservaban su encanto provinciano, la gran mayoría de estas nuevas fachadas trataban de emular torpemente el estilo urbano de Toluca, creando un lienzo abigarrado de construcción heterogénea. El hombre inició su caminata, y al poco tiempo vio sobre la sucia banqueta que daba inicio a la vía, el cadáver de un perro de raza irreconocible; los gusanos se daban un festín con su carne putrefacta y se deslizaban a sus anchas en el cuerpo del animal, como si se tratara de un recorrido turístico.
Gracias a la historia que le contó su abuela muchos años atrás en aquel desvencijado camión, sabía que si el narcotráfico no ahuyentaba a los representantes de la ley, seguramente la leyenda de la llorona si lo haría. El no era un hombre crédulo y era consciente de que estaría a resguardo en ese pueblucho hasta que se le ocurriera un plan para evadir a la justicia. Mientras cavilaba sobre este asunto, llegó al puente que cruzaba el río Chico, y como era un hombre de ojo alegre no pudo sustraerse de la hermosa mujer que sollozaba a la orilla del río infestado de basura, y sin ningún espabilamiento y sujetándose la hebilla del pantalón en forma de caballo, dijo con una seguridad apabullante al igual que su andar.
-¿Por qué tan sola? Sus ojos centellearon al recorrer la perfecta silueta de la joven, y limpiándose la boca de los restos de comida y saliva que fluía con avidez, procedió posteriormente a acicalarse su melena hirsuta y proseguir en su avance.
Al no obtener respuesta de la agraciada aparición, esta actitud incitó la vehemencia del forajido a acercarse más, y a hacer valer su masculinidad. Con toda soltura la tomó gentilmente del hombro y la volvió hacía él, revelando como en cámara lenta el cráneo de un equino que abrió sus poderosas quijadas para soltar un llanto patético que cimbró la poca humanidad de aquel homínido descerebrado.
A continuación de las fauces abiertas, brotó el trasero de una yegua, que a su vez dio a luz un potrillo que se deslizó suavemente del canal de parto de su madre, el producto fue depositado bruscamente sobre el césped contaminado que tapizaba la orilla del río. El asesino restregándose sus ojos con fuerza, no creía como una pequeña chispa recorría el cordón umbilical del potro (asemejándose esta a la mecha de un explosivo), dicha centella al llegar al vientre del recién nacido provocó una estruendosa explosión que hizo levantar una nube grisácea con olor a pólvora y a huevo podrido, lanzando basura y cascajo por doquier, al desvanecerse dicha nube el forajido quitó lentamente sus manos de su rostro, y frente a este, la mujer con cabeza de cráneo equino estiró sus brazos en su dirección, suplicando un gesto recíproco.

El asesino corrió como nunca en su vida, ni siquiera recordaba haber alcanzado tal capacidad de aceleración cuando escapaba de la justicia en aquellos remotos años cuando era un adolescente. Se lanzó como flecha calle arriba de la Av. Becerra, y se infiltro sutilmente como gato, por una ventana que no estaba cerrada con pasador, mientras la llorona pasaba de largo calle arriba. Vio a través de la ventana como el ánima era burlada y un suspiro de alivio brotó de sus labios resecos, hasta que el ruido de un interruptor proveniente de una lámpara de buró inundó la estancia con una cálida luminosidad.
Una mujer en bata de dormir de alrededor de sesenta años, pelo cano, cara ajada y pistola en mano, encañonó al desconocido, su mirada avispada hacia un examen exhaustivo del individuo frente a ella, y su verruga del parpado derecho hacia que el objeto de estudio en cuestión no le apartara la vista ni un segundo. Una sorpresa inesperada contrajo los músculos de su cara, otorgándole una afabilidad aparente a la señora.
-¡¿Bonifacio!? -El nombre en cuestión salió de sus labios marchitos sin resistencia alguna, como si aquella denominación tuviera vida y voluntad propia.
Bonifacio se quedó estupefacto al escuchar su nombre, hecho que le permitió momentáneamente apartar la mirada de la Colt M1911 de oro, engastada de múltiples piedras preciosas. Al alzar su mirada y entrecerrar los ojos reconoció lo que alguna vez fue Yunuen, una de sus innumerables conquistas de juventud.
-¡¿Yunuen?! que alegría verte, estas igualita. -Sabia por experiencia, que el oído era el órgano para llegarle a una mujer, y en este caso en particular literalmente desarmarla.
Ella sonrió sólo una fracción de segundo, porque un rostro contraído rematado por dos orbes flamígeros lo cocían a fuego lento.
-Quien lo hubiera dicho, regresaste- Un lamento se deslizó por la ventana proveniente de la calle Abasolo al otro lado del pueblo-, pero al parecer no por las razones paternales que una mujer esperaría.
-Yunuen, tienes que ayudarme, esa cosa viene por mi; dame posada esta noche. Hazlo por el amor que alguna vez sentimos-. Dijo esta oración dándole el toque sentimental apropiado, como si el destino fuera el culpable de su separación.
-Eres consciente Bonifacio de la chinga que es para una madre soltera de quince años tratar de sacar adelante trillizos, cuando la familia y su «hombre» le dan la puta espalda-. Su cara era una olla de barro al rojo vivo, y su lengua asemejaba un látigo que hendía la piel a la menor provocación.
Yunuen martillo el arma, Bonifacio sudaba copiosamente, levantando las manos e implorando misericordia a la fiera que alguna vez fue una dócil cachorrita, recurrió una vez más a sus manipulaciones de costumbre y se animó a decir:
-Seguramente los chicos me harían sentir orgulloso de ser su padre, estoy completamente seguro de que son respetables profesionistas con título universitario… ¿no es cierto Yunuen?
-No mames wey, ¿me puedes explicar como el salario de gata puede costear seméjate gasto?
-Heredaron tu inteligencia…- La pistola lo miraba con su ojo ciclópeo negro y vacío como la noche.
– Gracias al Cártel tus hijos son más que pinches licenciados cabrón. En este mismo instante, la Trinidad (así se les conocía en el bajo mundo a sus retoños) se esta entrevistando en Sinaloa con el jefe de jefes, el todopoderoso Mayo Zambada- el orgullo emanaba de cada poro de la mujer-. Y quien sabe, tal vez algún día se hagan cargo de su propio Cártel. Mis hijos son sicarios chingones, y no gracias a ti.
– Me alegro que hayan podido salir adelante… -Otro llanto lo interrumpió y este lamento se escuchaba a escasos metros de su posición- …por favor mujer, ¡escóndeme! que me va llevar la quejumbrosa.
-No necesito a la pinche llorona para deshacerme de ti cabrón, nosotros somos infinitamente más poderosos, somos lo último en plagas bíblicas, a ella la vences sólo con ignorarla y pasando de largo, y si en dado caso eres lo bastante pendejo para caer bajo sus encantos, puedes jugar un rato al gato y el ratón, hasta que se canse y te mate. El Cártel es más eficiente y más sanguinario. Por cada víctima que se cobra la chillona, nosotros ya dejamos una estela de miles de muertitos, puedes ignorarnos, pero nosotros nunca te ignoraremos a ti, de esto puedes estar seguro tarugo- ,y para rematar su discurso, expresó estas últimas líneas.
– Se me olvidaba, tus hijos te mandan saludos.
Una sonrisa apenas se dibujaba en los labios del hombre, cuando una lluvia de plomo perforó inmisericorde la flácida materia del asesino. Al caer el cuerpo vaporoso al piso, un llanto volvió a la carga, clamando por la presa perdida, afuera en la noche helada. La sangre tibia se expandía rápidamente por toda la superficie entarimada, no encontrando obstáculo alguno que detuviera su avance. Al mirar la mancha carmesí en expansión Yunuen musitó:
-Igual que nosotros, nada nos detiene.

Su reflexión fue interrumpida por los portazos provenientes de los nudillos de la sirvienta, al otro lado de la puerta. Que al escuchar tal estruendo, fue a cerciorarse de la seguridad de su patrona.
– ¡Señora! ¿se encuentra bien?
-Estupendamente, ¡mejor que nunca Paquita!
-¿Por qué disparó?
-Mi marido no me dejaba dormir…
-Pero…¿usted no tiene marido señora?
– Es cierto, lo había olvidado…
FIN

