De anomalías y realidades

Historia basada en hechos parcialmente reales

Mi nombre y apellidos no tienen mucha importancia, y posiblemente crean que esta declaración está directamente relacionada a una autoestima que se resquebraja como los huesos de un anciano octogenario. Pero no es así en absoluto…Sólo quiero que mis atributos que me identifican como una persona, no queden mancillados y unidos a la palabra vergüenza, y si quieren una pista para darles la falsa ilusión de tener una vaga idea sobre mi identidad. Mi nombre empieza y termina con la decimosexta letra del alfabeto cirílico, y de mis apellidos, mi boca está cerrada a cal y canto.

De las experiencias que acontecieron hace un par de años, aún el recuerdo merodea mi cabeza como un buitre sobre su presa. Tenía poco tiempo de cumplir dos años de usuario en el Club Hacienda. Deportivo localizado en la roma sur, específicamente en la calle Jalapa 321. Ese sábado me encontraba en el gimnasio, en un vano intento de incrementar mi masa muscular, y peinando con la mirada los diferentes aparatos y asistentes, tratando de encontrar a algún amigo o amiga con quien entablar alguna plática enriquecedora. En parte porque nunca he desdeñado un buen tema de conversación y, por otro lado, era mi manera de mostrar desdén por aquellos artilugios mecánicos que se burlaban de mí, apenas ponía en marcha sus chirriantes mecanismos.

Saro Silva, mi mejor amiga del club y excepcional bailarina, no aparecía por ningún lado. Lo que era una lástima, ya que cada fin de semana lo esperaba con entusiasmo. No es una exageración mencionar que su conversación recorría el espacio circundante igual que sus ligeros pies se desplazaban grácilmente por la duela del escenario. Y su alegría se desbordaba a borbotones apenas nuestras miradas se cruzaban. Al prescindir de su compañía, inmediatamente pensé en intentar suerte con las mancuernas en el aérea destinada a esos menesteres.

Para mi fortuna me encontré con Ernesto, un amigo que no veía meses atrás. Al igual que yo, le encanta la lectura y siempre estaba dispuesto a intercambiar un fuego cruzado de naturaleza netamente literaria. Tan pronto como nos vimos, la plática y los diferentes temas que tratamos desfilaron con pompa y algarabía. Empezamos con un par de novelas como: El padrino, Vivir de Noche, para posteriormente hacer acto de presencia algunos gobernantes cubanos. Machado, Batista encabezaban la lista, Los hermanos Castro fueron mandados a la cola y para concluir nuestra verborrea, se colaron los premios Edgar y una que otra rutina de ejercicios para incrementar la zona glútea (por eso de la neuroplasticidad). Como en ese entonces estaba dibujando a algunos miembros del club, le pedí de favor a Ernesto que posara para mi haciendo algún desfiguro físico, (es importante cierta teatralidad a la hora de posar ante la cámara). Sin dilación cargó una barra con pesas, mientras yo tomaba la susodicha foto que dibujaría con mi característico estilo gráfico cómodamente en la intimidad de mi estudio.

Concluida esta acción me despedí de él, deseándole un buen día y prometiéndole el próximo sábado prestarle la novela de El padrino. Sin tiempo que perder tomé mis cosas y salí del gimnasio. Caminado sobre la pista de carreras y acompañándome con el crujir del tezontle, pasé junto a las canchas de tenis y estiré el pescuezo para saludar a mis entrenadoras y buenas amigas Rocío y Paulina. Madre e hija casi siempre me las encontraba a primera hora de la tarde debatiéndose en una lucha encarnizada que no le pedía nada a una pelea a muerte entre un guerrero águila y un soldado español. Al no encontrarlas por ninguna cancha salí un poco más cabizbajo y me dirigí a la salida del club.

A partir de ahí sigo un itinerario estrictamente riguroso cuyas dos variantes son: Ir directamente a mi casa, o pasar antes a la librería a comprar mi dosis periódica de papel y tinta. Ese sábado 26 de abril del 2025 opté por la segunda opción y al dirigirme al metro por la calle Jalapa saludé como de costumbre a Iván el comerciante de frutas y verduras, después giré a la izquierda, y sin novedad alguna hice mi camino por la calle Huatabampo, cruzando la calle de doble sentido Toluca, y seguí derecho bajando a las entrañas del metro Centro Médico. Estación perpendicular a Av. Cuauhtémoc.

Al estar en los andenes y esperar por largo tiempo el chorizo con llantas llamado metro, que para mí mala fortuna no daba señales de vida, hice lo que cualquier habitante de una gran ciudad haría: Consultar su celular.

Cabe destacar que ese día no tenía datos móviles, por lo que el examen de dicho aparato sería breve. Rápidamente le di una hojeada a la foto recién tomada y visualicé el futuro dibujo, sin esperar el ruido del tren guardé el equipo precavidamente dentro de mi mochila, ya que estaba cerca de las vías. Hasta este momento de la historia nada fuera de la común rompió con la rutina que les estoy describiendo. Todo se trastocó cuando salí del metro en la estación Miguel Ángel de Quevedo. Porque al salir de sus amplios intestinos a la superficie de la tierra; me recibió el trasero de un pato que con su gracioso vaivén hacia respetar su espacio personal y se abría paso como cualquier otro ciudadano de esta gran urbe. Lo más curioso del asunto es que nadie se inmutaba ante aquella anomalía con plumas. Sin tiempo que perder saqué mi celular y le grabé un breve video para mostrárselo a mi familia.

Pero al no poderme resistir a los encantos del ave; pregunté a la mujer que lo venia monitoreando de cerca si aquel simpático animal era su mascota. La señora me contesto afirmativamente y acto seguido me dio permiso de acariciar su estrecha cabecita y cuerpo, que asemejaba a un puñado de algodón níveo de una plantación del lejano Misisipi. También mencionó que el nombre del pato era: Cajeta

Al despedirme de ambos, aceleré mi andar rumbo a la librería FCE ya que tenía un compromiso con el ejemplar llamado: » La condesa sangrienta».

Como si no fuera suficiente ver a un pato transeúnte, aquí la cosa empezó a tornarse confusa y todo en un lapso de unos pocos minutos, porque por alguna razón no encontré mi celular para mostrarle al empleado la imagen del libro que buscaba. Afortunadamente el nombre del volumen fue suficiente para localizarlo. Pagué y salí del establecimiento, abordando ágilmente el carruaje del pueblo. En el interior del mismo me situé al fondo para buscar concienzudamente mi teléfono dentro de mi mochila, y al no encontrarlo, todo lo adjudiqué a un extravió o un posible robo dentro del metro. Pero no encontraba lógica a mis explicaciones, en parte porque soy una persona extremadamente cuidadosa, consciente del tipo de ciudad en la cual circulo todos los días, y porque no soy un sujeto que utilice a la ligera un instrumento que contenga información tan personal.

Llegando a mi casa me desahogué con mi familia por mi perdida material en plena sobremesa, esperando que mi historia contribuyera a su digestión, pero cuando mi tía se paró repentinamente de la mesa a causa de un retortijón, pensé que a lo mejor mi anécdota no contenía la papaína necesaria para una causa intestinal común, así que, para evitar una reacción estomacal violenta en serie, di por terminado mi tema y me ofrecí a lavar los trastes, Después continué con mi rutina.

 Al otro día mi hermano me llamó desde su recámara diciéndome que tenía buenas noticias para mí. Al parecer un empleado del club hacienda había encontrado mi teléfono. Resulta que mi amigo Alejandro López Velasco fue el que encontró mi equipo en el gimnasio y sin más pérdida de tiempo me puse de acuerdo con él para ir a recogerlo hasta las instalaciones del deportivo.

Realmente no entendía como había aparecido mi celular en el gimnasio, cuando recuerdo perfectamente que inclusive gravé un video con él, al poco común ciudadano emplumado que se me atravesó aquella tarde. Luego de mi retirada del club.

¿Cómo era posible que el susodicho teléfono estuviera en dos lugares al mismo tiempo?

Al llegar al club y entrevistarme con Alejandro obtuve la clásica respuesta de un grupo de escépticos. Todos pensaron que era un adicto reincidente y para colmo no ayudo en nada la fama que me había estado labrando a base de mis disparatados dibujos. Así que, para cerrarles el pico a cada uno de ellos, apenas tuve en mis manos mi equipo, procedí a enseñarles el video en donde grabé a Cajeta cuando supuestamente el celular estaba olvidado en algún rincón del gimnasio. El video almacenado me ayudaría a demostrar mi punto.

¡Qué vergüenza! Nunca en mi vida nadie se había reído tanto de mí, esa tarde conocí cada una de las muelas tapadas de los concurrentes, de tan abiertas que tenían las mandíbulas. Así es lector, la vida juega más chueco que un crupier vendido en el Caesars Palace. Cuando revisé los documentos recientes no encontré el susodicho video. Conclusión: todo apuntaba a un descuido de mi parte y a una mente muy activa que me había gastado una broma cruel.

Agradeciéndole a mi “amigo” y a sus compañeros risueños su paciencia y atención, me despedí a la usanza canina. Siendo breve, con la cola entre las patas. Apenas me alejé de ellos, repasé todos los acontecimientos que viví las últimas 24 horas, al recolectarlos todos, estos se agolparon en mi mente tratando de desbordarse por la cicatriz de mi frente que hacia un esfuerzo enorme por contenerlos a manera de dique.

Al llegar a mi casa exhausto de tanto darle vueltas al asunto, preferí darme un baño, meterme en la cama y dejar que el sueño me arrastrara a la deriva por sus oníricos causes. Hasta que a las tres de la mañana una inexplicable sensación de inquietud me orilló a revisar mi celular una vez más. Para mi sorpresa apareció él video ausente mostrando al pato confianzudamente caminando entre el mar de personas.

La impaciencia me devoraba vivo, no cabía en mi mente tal fenómeno, pero al mismo tiempo deseaba con todo mi ser lavar mi nombre y mostrarle la prueba a Alejandro, para que diera fe de mi despistada cordura. Los segundos, minutos y horas se arrastraban como un pelotón sin extremidades inferiores después de pisar unas minas terrestres, y cuando por fin llegó el martes (día de apertura del club) no esperé un segundo más para entrevistarme con él.

Apenar iba a llegar a la instalación deportiva, cuando se me ocurrió revisar los mensajes del whatsapp. Había un recado de Alex, y en él me pedía amablemente encomiar su gesto de regresarme mi equipo, llenando una forma llamada: Atención y control de usuarios. Al parecer le otorgaba el dicho documento cierta inmunidad laboral contra las injusticias de la institución. Por lo tanto, procedí inmediatamente a regresarle el favor apenas pisé las oficinas del club.

Al pedir la forma para llenarla, la realidad que conocía y la cual pensé firme como los pilares del Partenón se desmoronaron. Porque el empleado no solo se refirió a mi como Lucas, preguntó insistentemente también, por una supuesta esposa tuerta e hijos igualmente tuertos que no recordaba haber engendrado, sin mencionar la mascota que padecía la misma condición; aparte de que no se abstenía de curiosear en mi vida, sobre todo por una imaginaría y recién operación en mi hernia discal. Al tacharlo de bromista pregunté por el paradero de Alejandro López para hacerlo desistir de sus chascarrillos, pero me aseguró que tal individuo no formaba parte de la nómina de empleados.

Representación plástica de mi supuesta familia nuclear.

Salí desconcertado y sin apenas prestarle atención al burócrata, que repetía incesantemente ¡Lucas! ¡Lucas! ¿Te encuentras bien amigo?

Continuará…