Los hechos parcialmente reales siguen estando presentes
A pesar de lo embarazoso de la situación me obstiné en encontrar a Alex a toda costa para enseñarle el video del pato. Al no encontrarlo por ninguna parte pregunté a Claudio cuyo voluminoso vientre se anunció al doblar la esquina de la arena de basquetbol. Lo saludé nervioso y pregunté por mi conocido, su respuesta me hizo aflojar la mandíbula y balancearla cual columpio recién engrasado. “Lo tienes frente a ti”, sentenció. Yo respondí que lo único que tenía enfrente de mi era un sucio gato y que por favor me ayudara con la información requerida. Él enarcó su ceja derecha y espetó raudo como un charlatán.
-Aquí el único ser vivo que porta el nombre Alejandro es ese gato pulgoso que se limpia escrupulosamente su zona íntima. -Esta vez su irritación salió de sus cuerdas vocales.
-Yo me refiero al arqueólogo Alejandro López Velasco.- Dije también alzando la voz.
-Por eso Justino, a ese gato también se le conoce como el arqueólogo, por encontrar por casualidad una cámara funeraria azteca cerca del gimnasio. ¡Ya sabes cómo se ponen esos animales al encontrar arena!
– ¡Mi nombre es: O_____o! Grité, y salí corriendo como una saeta.
No esperé su reacción y mucho menos su respuesta, pero al dejar el club la cosa no mejoró en lo más mínimo. En la calle Huatabampo esquina Toluca, un hombre y su hija me hacían señales con sus manos para que me acercara, en tanto la niña me ofrecía un mendrugo de pan duro y decía:
– ¡Tata!, No todos los días se ve un auténtico venado cola blanca caminar en reversa haciendo el moowalk de MJ con mocasines de cuero y calcetas rebosantes en diamantes.
– ¡Qué no soy tu Tata!, cuantas veces tengo que repetírtelo niño bicéfalo con orzuela. Aparte lo que se acerca, es el torso con piernas de un maniquí animado por medio de nanotecnología.
Me alejé rápidamente del par, y trotando me introduje en la nueva entrada del metro Centro Médico con forma de una nariz inmensa. Al parecer la entrada era por la fosa izquierda y por la derecha se agolpaba una manada de borregos cimarrones con uniforme de secundaria técnica, algunas de sus hermosas cornamentas se atoraban entre los vellos de la salida, así como por la viscosidad que producía la misma.
Ya dentro de las instalaciones me frotaba los ojos con ahínco, indudablemente algo estaba trastornando la realidad cual la conocemos. Por fin mi cabeza descansó un poco al comprobar unas vías promedio con sus durmientes repletos de basura y uno que otro ratón despistado registrando su territorio en busca de un snack aceitoso. A continuación, la luz del fondo me preparo mentalmente para abordar el vagón, que extrañamente barritó al anunciar su entrada a la estación.
Una fila de elefantes africanos agarrados de las colas de sus respectivos compañeros se detuvo junto al andén. El operador sentado sobre la cabeza del elefante a la vanguardia gritó a todo pulmón. ¡El último en subir es una almorrana garapiñada! Sin más dilación se abrieron los vientres de los paquidermos, ofreciendo a todos los pasajeros un interior con inodoros aterciopelados y con una fragancia a moras azules. Todo era mullido y acogedor.
Al asomarme por las puertas automáticas para comprobar la eficacia del maleficio sobre la última persona en abordar el vientre del animal, constaté que una varice reventada fue lo último en introducirse al seudofurgón, lo peor fue cuando se puso a predicar la palabra de un gran tubérculo que supuestamente era el hijo de dios en la tierra y prometía un fascinante resort sobre las nubes. De tanto que pregonó dejó completamente salpicado de sangre los interiores con todo y viajeros. Algunos usuarios abrían la boca para probar la veracidad de su mensaje. Curiosamente tenían rasgos valacos.
Después de ese eterno viaje por las vías, por fin me encontraba a algunos pasos de mi hogar, cuando repentinamente me salió un musico callejero que rogó por un centenario de oro, su frondoso cabello que asemejaba a un equidna me miraba de manera sobrecogedora. Al enseñarle mis bolsillos vacíos se encogió de hombros, y sin prestarme más atención se sacó sus globos oculares que eran inmensos en relación a su cabeza, para colocarlos cual sordinas en sus trompetas, y listos sus instrumentos, diestramente colocó las boquillas dentro de la cavidad donde antes reposaban sus ojos. Me alejé corriendo de la impresión, y dentro de mi casa el sonido proveniente de esas trompetas taladraba mis tímpanos sin desistir en su arremetida. Hasta que se calló abruptamente.

Sudaba copiosamente tanto por las impresiones del día como por la caminata a pleno sol. Entré al baño a limpiarme la cara, y al alzar el rostro, el espejo me regaló un reflejo nunca antes visto. Tenía la faz con forma de envase de cartón Tetra Pak. La cara del envase que miraba al espejo me devolvía mi retrato infantil y encima de este aparecía la leyenda missing. Al rascarme la tapa con rosca, la foto de mi yo niño (que por cierto estaba animada) me pedía desesperadamente un poco de leche. Y al no poder hacer caso omiso a la desgarradora petición, agarré un vaso de la cocina y me incliné sobre la boca del recipiente tratando de hacerlo concienzudamente para no derramar el líquido sobre el piso. Apenas posé el cristal sobre los labios de mi fotografía, esta empezó a succionar el contenido como si no hubiera un mañana. No pude dejar de notar como la substancia del vaso retornaba dentro de mi nueva cabeza, haciendo diminutos ecos que rebotaban por los diferentes ángulos del interior y emitiendo gorjeos a causa de la espuma que recién se formaba.
Después de esta locura; revisé Instagram buscando desesperadamente algo familiar al cual anclar mi deteriorado juicio. Y allí encontré los perfiles de mis amigas Chio y Pau que ahora se llamaban curiosamente: Butch Cassidy y Sundance Kid. Esta nueva información interrumpió mi suspiro de alivio. Sin pensarlo dos veces busque el perfil de Saro, tenía la esperanza de que conservara su identidad pasada y profesión.
Y al encontrarla me lleve una sorpresa tal, que casi me hace caer de nalgas sobre la caja de arena del gato. La información de mi amiga hacía mención de su carrera como pugilista, y no sólo eso, también hablaba de una trayectoria exitosa de más de 20 años sobre el ring, tiempo en el cual reconfiguró los rostros de sus múltiples adversarias, por algo le decían, «Saro la Cirujana Silva». Al tiempo que leía sus proezas sobre el cuadrilátero, vi algunas de sus fotografías y videos donde la repartición de tortazos desataba una lluvia de perlas sanguinolentas que caían como granizo sobre las pieles de mink de las acaudaladas asistentes al show. Una reciente imagen la mostraba entrenando, golpeando enérgicamente a un pez tigre goliath colgado verticalmente a modo de costal. Sus guantes eran dos burbujas cuya película se equiparaba a la gruesa piel de una zarigüeya, cabe destacar a los dos peces bettas que nadaban cómodamente cada uno en sus respectivas esferas y rozaban delicadamente los puños de mi amiga con sus aletas caudales y dorsales. También era muy notorio como a cada jab que Saro conectaba al animal, de sus agallas salían miles de dólares de alta denominación. Sin duda un deporte muy lucrativo.

Me rasqué la cabeza imperiosamente, no le veía sentido a nada de lo que escuchaba, veía u olía. Porque también los aromas que me rodeaban a mí y a toda la ciudad eran escancias nunca antes olidas por persona o animal alguno.
El timbre de mi celular me sacó de mi estupor, al revisar la pantalla leí sobre su cubierta el nombre de mi padre. La video llamada que era una modalidad pocas veces practicada por él, demandaba mi atención absoluta. Apenas lo vi frente a mis ojos parpadeé de verlo tan diferente, aunque estaba claro que yo tampoco podía darme aires de normalidad, la verdad temía una reprimenda de su parte por mi nueva cara acartonada, pero en vez de eso me dijo:
-¡O_____o! ¿Por qué no te afeitas por el amor al gran procesador de alimentos? Mira que dejarte la barba de espagueti a la boloñesa y por si fuera poco dejarte debajo de la barbilla las albóndigas es el colmo de los colmos. ¡Ni tu madre ni yo te dimos esos malos ejemplos al dejarnos ambos la barba!
No le puse más atención de la debida, porque no podía dejar de mirarle la segunda nariz que le nacía del tabique de la primera y se proyectaba hacia arriba. Para tranquilizar sus nervios le dije que inmediatamente me iba a pasar la navaja. Sin decir hasta pronto estornudo por ambas narices y corto la comunicación.
Me asomé otra vez al espejo, ya que no todos los días se tiene una barba a base de harina, pero sólo me topé con mi cara de cartón de leche. Precipitadamente los sonidos de voces procedentes del departamento contiguo me instaron a caminar de puntillas para escuchar mejor la discusión. Sonidos de voces roncas debatían sobre el resultado de una investigación conductual y ocasionalmente el sonido de un pato interrumpía la plática.
-¡Cajeta me está usando como conejillo de indias! Pensé en automático. ¡Mi recámara es una cámara Gesell!
Al alejarme un par de pasos de la pared vi como esta adquiría características de visión unilateral. Ahora los papeles se invertían y yo podía verlos y oírlos a ellos. Puede contemplar perfectamente a dos hombres con la barba descuidada y con las mangas de sus camisas baratas remangadas, enseñando unos poderosos antebrazos velludos, uno de ellos ostentaba un tatuaje de unas termitas carcomiendo su cúbito y radio. Para mi sorpresa Cajeta terminaba de dar los últimos retoques a este trabajo de tatuaje y hablaba sin parar un castellano con un ligero graznido a pato. Ya sin el temor de que me vieran, grité improperios para que dejaran de hacer ese escándalo, para terminar, me dirigí al pato en estos términos…
Sobre la plancha descansa un Airedale terrier de mediana edad, el diafragma de un estetoscopio se desliza sobre su cálido pecho como si fuera una fría piedra de curling, al pararse sobre su corazón el veterinario abre los parpados tan descomunalmente que su esclerótica muestra una colonia vasos sanguíneos latiendo al son de la música de fondo del establecimiento. Edgardo, dueño y fiel compañero de Duster; al ver semejante contracción facial del albéitar, pregunta desconcertado por la salud del can.
El veterinario con un aire ausente se dirige al joven treintañero hablando casi en susurros.
-El corazón de su perro me acaba de nombrar Cajeta, recalcando enfáticamente que él me está estudiando cual rata de laboratorio, y me pide de la manera más atenta que deje de hacer tanto ruido al hablar, porque según él, no dejo dormir a los inquilinos…
NIF

