El mito vampírico necesitaba esta diálisis

Desde el momento en que me enteré del remake de la película Nosferatu dirigida por el talentoso Robert Eggers, mi entusiasmo se disparó por las nubes. Y puedo decir con toda convicción que la espera valió la pena, a pesar de haber visto una reseña sobre la película que trató de matar mi alegría sobre esta nueva producción, afortunadamente mi dicha es más difícil de erradicar que la peste misma.

Hace algunos años leí un cuento de Arthur Machen llamado El pueblo blanco, en donde dos amigos discutían sobre la naturaleza del pecado y la maldad, en un párrafo específico de aquel cuento, algo me sacudió mi desalmado cuerpo y está sensación resurgió al ver la nueva película de Robert Eggers. La cita dice así:

«El pecado es un esfuerzo por alcanzar el éxtasis y la sabiduría que pertenecen únicamente a los ángeles, y al hacer este esfuerzo el hombre se convierte en un demonio»

A los pocos minutos de empezar esta obra, el cuerpo y todos sus sentidos nos alertan de que no estamos pagando un boleto de cine para matar el tiempo, sino para ser testigos de cómo el pecado que cometió Orlok (cuyo origen desconocemos) deterioro su humanidad y prolongó su vida convirtiéndolo en un demonio, cuyo estertor al respirar y desagradables sonidos al deglutir su alimento nos hielan la sangre. Nunca agradecí tanto a la diosa fortuna el estar fuera de la pantalla.

Estamos ante la presencia de un cineasta que entiende lo que significa generar un genuino terror en el espectador, la experiencia de los páramos desolados de los Cárpatos, pasando por el bosque frio y denso de la encrucijada y sin olvidar el ambiente de putrefacción y deterioro que imprime a su villano, así como a todo lo que lo rodea es monumental. Aludiendo al expresionismo alemán en su ambientación, pero también haciendo un rico juego de contrastes entre los colores fríos y cálidos en una ida y vuelta interminable y escalofriante. El conde no es el típico amante despechado que decide renunciar a su fe debido a la pérdida de un amor, estamos ante una bestia que embiste y se alimenta gracias a su odio tan infinito como su perenne existencia.

Con este film Eggers reimagina al vampiro con un realismo descarnado y sobrecogedor, que da la espalda a casi todos los clichés que popularizó la película clásica Drácula de Tod Browning y que se fueron propagando como la pólvora para posteriormente convertirse en canon (sin mencionar el daño sin parangón de la franquicia Twilight). La gran mayoría de esos formulismos Eggers los echa al inodoro sin tocarse el corazón, y se agradece.

Debo destacar películas que dignificaron este tipo de género y se atrevieron a mostrar otro ángulo conductual del vampiro, más instintivo y salvaje como la brutal 30 Days of Night y Let me in. Pero el mérito de Nosferatu no es sólo presentar a un depredador desalmado, sino también imbuirlo en ese halo de misterio que procede del folclore eslavo y que le confiere al monstruo una fuerza milenaria e inescrutable que no es capaz de esclarecer el positivismo científico de la época. Aunado al sexo y la posesión que utiliza la creatura sin ningún escrúpulo para atraer a su presa.

Siempre he admirado como las referencias pictóricas de Eggers permean su cine y como estos maestros de las artes se hacen presentes en la iluminación de ciertas escenas que recuerda a los lienzos de Georges de la Tour o David Caspar Friedrich. Un aspecto que considero importante resaltar en el personaje de Orlok es su reminiscencia al decadentismo de finales del siglo XIX, ya que ataca sin restricción, la moral y costumbres burguesas de aquella lejana época, aquí en esta nueva versión cinematográfica se le confiere una lógica al personaje que fue poco explotada en la literatura y nulamente en el cine.

Me refiero a que este amigo como agente de la maldad más pura, no está aquí para revivir a diestra y siniestra a su ganado, como ocurre en las clásicas películas de este género, donde el vurdalak (las más de las veces atractivo o atractiva) otorgan el regalo de la vida eterna a cuanto cuello pasa por sus bocas. Esta interpretación esta más cercana a la novela «El tapiz del vampiro» de Suzy McKee Charnas. Donde el chupasangre solitario por un lado no le conviene generar más competencia incrementando su número, lo que provocaría una explosión demográfica vampírica que diezmaría por consiguiente sus fuentes de alimentación finita. Aquí más allá de las connotaciones poblacionales, la esencia de este conde es simplemente, destruir a la humanidad, en pocas palabras. Es la muerte encarnada y su apariencia corrompida habla más de su alma más corrompida aún.

Como es mi costumbre solo comparto con ustedes pequeños retazos de la película para despertar su curiosidad. E incito a todos y todas que no hayan visto esta sobresaliente obra, a que completen las piezas de este sangriento y desgarrado edredón.