La Tarea

Todo parecía augurar la clásica tarde estival, con un sol que abrazaba sin miramientos toda la creación, y con la firme intención de encaminar su cruzada especialmente contra la odiosa melanina, cuya impertinencia tostada brotaba a la más mínima provocación del astro rey. Nada más frustrante para una estrella de su envergadura que ser testigo de la diminuta resistencia de aquellas pieles humanas, que a base de artilugios baratos le ponían un alto a sus embates celestiales.

Debajo de aquel infierno, un pequeño Vocho 1992 procedente de San Bartolo quemaba caucho a la velocidad que le permitía sus escasos 50 caballos de fuerza. Mientras el cochecito se dirigía a la biblioteca pública de Amanalco de Becerra, madre e hija trataban de hacer llevadera su estancia en la estrecha cabina del escarabajo metálico. La canción «Mi cárcel» las acompañaba y sus notas se desbordaban por el más mínimo intersticio de la carrocería.

Cynthia, madre de alrededor de 30 años, ostentaba con orgullo unas mejillas encendidas y su carácter dicharachero entretenía a su pequeña hija Keyra, que sonreía ampliamente al escuchar la desafinada voz de su mamá. Un asunto de carácter escolar las citaba en aquel santuario de libros. Una semana anterior al inicio del periodo vacacional, la maestra Vianey le encargó a Cynthia poner al corriente a Keyra en lo referente a su habilidad lectora, ya que escucharla leer (según palabras de la propia maestra) era lo mismo que escuchar un camión desvielado con problemas de dicción en el escape.

A pesar del desafortunado comentario, Cynthia aguanto tal desaguisado y prometió a la maestra poner todo de su parte para enmendar a su hija y alejarla de las horrendas orejas de burro, cuya presencia flotaba en el aula escolar como moscardón a la espera de la miel.

Al apearse del coche, Cynthia, sujetó la manita de la niña para cruzar la calle infestada de comerciantes, vehículos y perros pulgosos. Y con la esperanza puesta en el ejemplar llamado: Mi primer libro de lectura. Ambas cruzaron el umbral y saludaron a la señorita Soledad con un estruendoso «Hola» que recibió múltiples Shsssss de los asistentes. A Cynthia se le subieron los colores en todo el rostro de la vergüenza, pues la sangre comerciante que fluía por sus venas no conocía de protocolos silentes ni nada por el estilo.

Mientras la mamá revisaba los ficheros, Keyra corrió sonriente al librero de la sección de álbumes ilustrados. Sentadita con el libro sobre sus piernas, la niña hojeaba aquel universo comprimido en dos dimensiones y soñaba despierta más allá de los límites de la cabecera.

Como ambas estaban absortas en sus respectivas actividades no levantaron la vista al extraño personaje que entró al inmueble. El hombre en cuestión transpiraba copiosamente y su pecho se elevaba y hundía sin cesar. Sus extremidades superiores mostraban sendos moretones y rasguños frescos, y sus pantalones rasgados por los costados evidenciaban una estructura esbelta pero resistente. Y como en el pueblo ese aspecto era la regla y no la excepción nadie reparó en él ni en el libro que sostenía firmemente, no está demás decir que su barba cerrada le confería un cariz académico y sus ojos llenos de una inteligencia implacable peinaban cada metro cuadrado de la biblioteca.

Pero ustedes querrán saber que se llevaba entre manos este caballero, o más exactamente que traía en las manos. Pues resulta que a esa hora del día había entrado a la biblioteca pública de Amanalco uno de los grimorios más poderosos y siniestros que se tenga memoria, únicamente opacado por el infame y mundialmente famoso Necronomicón, obra del árabe loco Abdul-Alhazred. El libro maldito en cuestión llevaba el intimidante nombre de De Psalmis Vorticis Infernalis y como era de esperarse en esta clase de material, su principal objetivo es facilitar el acceso a dioses aberrantes a nuestro plano existencial mediante oraciones que abren portales a nuestra dimensión. Y si esa información no te intimida, tal vez su cubierta echa a base de piel de querubín te disuada de tocarlo.

Lo poco que se conoce de la autora del infernal texto, es que fue escrito por una mujer licenciosa y de reputación infame en toda el Asia Occidental. Su nombre Marwan Eljal, y se dice que ella inventó la jeringa 600 años antes que el francés Charles Gabriel Pravaz. Con esa proto-jeringa se inoculó la sangre del demonio en el brazo izquierdo para poder escribir su libro de contenido maléfico. Acto seguido al acabar de escribir la última palabra en la página 666, su brazo por propia voluntad se hundió al interior de su esófago dando por concluido la vida de esa atroz mujer.

Volviendo a este peculiar individuo, se sabe que forma parte de un organismo internacional clandestino llamado: La oposición celeste, cuyo deber es restringir la entrada y mantener a raya a cualquier metadeidad que intentase traspasar las fronteras interdimensionales con objetivos netamente colonizadores. Alí conocedor de los usos y costumbres de cada país que pisaba, sabia por innumerables fuentes que el manual brujeril estaría seguro en la biblioteca pública de un país analfabeta y como un material de ese calibre no puede ser destruido de la misma forma que se quema una llanta usada en un deshuesadero, lo ocultaría en aquel lugar mientras buscaba refuerzos en su lucha contra el mal, aparte de lo peligroso que era ser visto en posesión de dicho objeto. En pasadas ocasiones había sufrido de malas experiencias, al esconder ejemplares similares bajo tierra, ya que siempre los animales rastreros y sensibles a la mala vibra de sus hojas terminan por desenterrarlos y ponerlos a la vista de todos.

Sutilmente, Alí extrajo la sobrecubierta de un libro que tomo en la sección de lecturas infantiles, y cubrió con esta el diabólico ejemplar, su decisión se basó más que nada en lo insulso del título y la horrible portada del volumen en cuestión, eso sin contar con el polvo acumulado sobre el tomo que hablaba del olvido al cual era objeto. Y así, tan rápido como entro en aquel pequeño mundo literario se fue sin ningún miramiento, confiando en su decisión precipitada. Cynthia dirigiéndose al estante de literatura infantil, cruzó una ligera mirada con Alí, y al ver su deplorable estado y oler su indescriptible aroma por poco vomita a la usanza de su tío Octavio chico. Y abanicándose enérgicamente el rostro, dio paso a la búsqueda del libro en cuestión, que al poco rato halló, ya que su lomo sobresalía ligeramente de los otros ejemplares.

Sin más dilación Cynthia hizo señas a su hija para que dejara de leer y se diera prisa, ya que las faenas que les deparaba aquel caluroso día eran innumerables, Y despidiéndose cautelosamente de Soledad, Cynthia agradeció y deseo un excelente día a la bibliotecaria. En la calle se encontró con su amiga Zenaida, lo que dio paso a una escena fortuita de intercambio de recetas imparable, cuya vida no les alcanzaría para ponerlas en práctica aun cuando vivieran 100 años más.

Y en este ir y venir de ingredientes Cynthia notaba lo pesado de aquel libro y la ligera sensación ardiente que despedía el volumen. Pero pensó que se debía a la canícula que había llegado para quedarse y mientras reflexionaba sobre este asunto, al mismo tiempo que escuchaba a su amiga; una imperiosa necesidad de abastecerse de cilantro le hizo cortar de tajo aquel recetario verbal y con un abrazo y un beso mutuo ambas amigas se desearon un hermoso día, mientras el mercado la esperaba con los brazos abiertos calle abajo.

continuará…