La experiencia de un hombre de mediana edad paseando el callo al ritmo de la Salsa
I´m not interested in how people move; I´m interested in what makes them move.
Pina Bausch
Si he de ser sincero con los lectores que se encuentran al otro lado de la pantalla que abrasa sus inquietas pupilas. Yo me animé bailar por primera vez alrededor de mis 46 primaveras u otoños, según lo quieran ver. Y es que parte de ese impulso que me obligó a dejar mi zona de confort, fue gracias a los insidiosos títulos de la editorial Grijalbo. Que a base de culpa y manipulación te orillaban a replantearte la “versatilidad” de tu quehacer cotidiano. Libros como: Las 1001 películas que debes ver antes de morir o Los 1001 vinos que hay que probar…etc. Me espolearon a imaginarme un producto que no estaba disponible en sus estanterías y que sin duda me animaría a sacudir el bote. Este ejemplar apócrifo lo llamé: Las 1001 actividades que debes realizar antes de morir. Y como yo quería morir en paz y sin ningún remordimiento. Decidí someter a mi perezosa cadera a practicar una disciplina dancística que la orillará a moverse más allá de unos cuantos empujones bien puestos en los vagones del metro.
Y con esta convicción y en parte por las insistentes peroratas de un compañero. Me enlisté en las filas del grupo de principiantes de Salsa en el Parque México. Donde con un esfuerzo sobrehumano me tragué mi insípido miedo y me deje llevar por ese sonido afrocaribeño que pondría los pelos de punta a mis maestras del catecismo. La experiencia a pesar de no ser del todo desafortunada (considerando mis atrofiadas articulaciones) tampoco demostró ser una experiencia digna de ser contada alrededor de una fogata en compañía de familiares y amigos. Y en parte esto se debió a la falta de vehemencia y arte de los instructores que se supone deben contagiarte la disciplina que imparten. A pesar de que su desempeño fue bastante correcto.
Y así un poco desilusionado de la experiencia en aquel parque, deje de sacudirme las pulgas por un tiempo. Hasta que conocí a mi amiga Saro Silva. Bailarina profesional de danza contemporánea, y cuyo talento la han hecho especializarse también en folklore afrocubano y ritmos latinos, sin mencionar su participación en diferentes foros alrededor del mundo. En pocas palabras conocí a una persona fuera de serie o garbanzo de a libra como algunas personas se refieren hacia lo que es muy singular.
No pasó mucho tiempo después de conocerla para que me invitara a una de sus clases de Salsa; en esta ocasión el encuentro sería en el Huerto Roma Verde. No obstante, de estar empapado con su trabajo vía redes sociales y reconocer su enorme talento. La vida no me preparó para la descarga de adrenalina que estaba a punto de experimentar al estar expuesto a su método de enseñanza.
A pesar de mis dudas y vacilaciones con relación a mi destreza al bailar, Saro me convenció de asistir a la clase, y fue a partir de esta lección que comprendí como una genuina capacidad dancística desata una fuerza equiparable a los fenómenos naturales. Pues no solo retumbó la duela y su enmohecida estructura bajos sus pies, también me pareció como si una cariátide cobrara vida y a base de su enorme masa marmórea y sus movimientos hiciera girar el aire.
Dirán que engrandezco mi crónica al narrarlo de esta forma, sin embargo, he de resaltar que yo la conocí en su faceta más maternal y cotidiana, ya no tenía enfrente de mí a una amiga con la que conversaba afablemente las mañanas del sábado, lo que se manifestó frente a mis ojos ese día; fue el milagro del arte en su faceta más bella y sublime, muy lejos de los valores estéticos imperantes que hoy en día prevalecen en diferentes espacios culturales, y me refiero a la sátira, la crítica o la provocación (que no demeritan como valores estéticos) pero aprendí en esa hora y media que si en el más absurdo de los sueños, el mundo alcanzaba la utopía y la perfección conductual, y ya no existieran más instituciones o personajes que criticar. El arte sobreviviría a base de belleza y de la innovación producto de esa belleza. Independientemente del arte que se ejerza.

Sobre esa duela yo baile con una mujer que derrochaba pasión con cada movimiento que daba, y cuya fuerza descomunal era inmune a mis más descarados pisotones. Bajo ese techo todo su ser emanaba destreza y entusiasmo. Y en cada paso y giro propagaba la riqueza cultural de un universo del cual nos hizo participes, (hasta creó que se estiro unos centímetros por encima de sus tacones), pero siempre con una sonrisa en los labios y una palabra amable para que dieras lo mejor de ti. Sólo cinco personas acudieron al llamado esa mañana soleada, pero su entrega y amor a la enseñanza no repararon en el número o en la magnificencia del espacio o en la experiencia de sus alumnos. Ella simplemente se entregó al momento y lo compartió con nosotros.
Por lo que respecta a mi desempeño, reconozco que no nací para encerar las pistas de baile más icónicas del país con mis pasos, pero debo aceptar que el cariño de mi amiga y su dedicación hicieron que adquiriera la confianza suficiente para pasar un momento muy agradable en su compañía y la de mis compañeros. Al terminar la clase me despedí de todos, y como la sed empezaba erosionar mi garganta, pasé rápidamente al club que está ubicado unos metros por delante del huerto roma verde para refrescarme un poco.
Después de saciar mi sed y entretenerme un rato mirando a mis compañeros jugar al tenis. Alcé la mirada, y la vi a ella en la lejanía, cerca de las gradas de beisbol, acompañada de su pareja y su hijito Miguelito recogerse en esa bochornosa tarde de primavera. En ese momento no pude dejar de pensar como las personas más fascinantes pueden pasar desapercibidas apenas se alejan de su ecosistema, y mimetizarse con el entorno, no porque fuera su convicción, sino a base de la indiferencia y la falta de curiosidad del otro. Como le pasa al personaje de Stefan Zweig en su obra Mendel el de los libros.
Pero yo sé que cuando se dan las condiciones propicias y si uno se anima a participar en la órbita de Saro, descubrirá cual cometa a una hermosa bailarina cubana encandecerse al más mínimo contacto con la atmósfera musical de aquello que llamamos ritmos latinos. Y por qué no, con un poco de suerte, tal vez mi experiencia dancística con mi amiga se prolongue indefinidamente en el tiempo.
Si te interesa los ritmos latinos o la danza contemporánea, puedes seguir a Saro en su cuenta de Instagram: saro-silva11

